Opinión
Está en nosotros, podemos hacerlo

"Pasaron dictaduras y democracias pero nunca los argentinos asistimos a tanta desvergüenza"

Jesús María Alba, locutor, periodista y creativo publicitario de Río Gallegos.

Por Jesús María Alba*

Cuando alguien llega a cierta edad, digamos pasando los sesenta, parece ser muy natural levantar el pie del acelerador, estacionar por un rato en la banquina de la vida y sentir la tentación de espiar parte del recorrido por el espejo retrovisor de tu existencia. Es un ejercicio que te conduce a repasar alegrías, tristezas, éxitos, fracasos, virtudes y miserias que cada uno fue produciendo en esta misteriosa ruta del vivir.

Esta suerte de racconto, al tocar evocaciones no tan felices, debe accionar algún mecanismo de defensa para evitar que los pesares excedan a los optimismos y esto evite que se produzcan desbordes emocionales desestabilizantes que atenten contra nuestra salud mental y espiritual.

Algo de esto debe ocurrir en nuestro interior porque de lo contrario hoy estaríamos asistiendo al triste espectáculo de una sociedad absolutamente histérica. Y esto de absolutamente, no es un recurso retórico porque -nobleza obliga reconocer- es cierto que gran parte de nuestra comunidad no puede reconocerse indemne.

Y no es para menos, estamos rodeados de disparadores que diariamente nos indisponen inoculándonos dosis de intolerancia y violencia que se inflaman a la menor controversia en calles o lugares de reunión de ciudades y pueblos de nuestro país.

Tomado con las particulares características que hoy presenta este fenómeno, no sería arriesgado afirmar que esta situación es inédita y altamente preocupante desde su enfoque sociológico.

Sucede que los detonantes que en ocasiones de un pasado no muy lejano, aparecían dispersos, en la situación actual se han fusionado como nunca antes y, convergentes en un mismo punto, determinan una suerte de una complicada perturbación generalizada.

Esta evaluación no es caprichosa ni delirante. Mi testimonio y fundamentación parten de mis propias y objetivas vivencias: en más de treinta y cinco años de ejercicio profesional en el campo de los medios de comunicación, jamás había asistido a una situación parecida. Es más, mucho antes de esa etapa -desde mi juventud, para ser más preciso- ya me sentí atraído por nuestra realidad social, institucional y política.

Esta referencia no es a los efectos de alardear intelectualidad sino de referenciar que bajo la óptica de mis lecturas y mi contacto con la realidad de esos tiempos, pasaron todos los gobiernos (dictaduras y democracias) desde la década del sesenta a esta parte.

Hoy creo que con la autoridad que me dan los años, la experiencia y mis vivencias desde el ejercicio periodístico puedo afirmar que nunca los argentinos asistimos a tanta desvergüenza; tanta caradurez; tanta hipocresía; tanta mentira; tanta corrupción; tanta desfachatez; tanta perversidad; tanta crueldad; tanta discriminación; tanta procacidad; tanta deshonestidad; tanta maldad; tanta infamia; tanta impiedad; tanta venganza; tanta intolerancia; tanta injuria; tanta miserabilidad; tanta vileza; tanta estupidez; tanta putrefacción.

Con tanta mierda junta es imposible no preguntarse si cuanto nos falta para la destrucción individual como antesala de la desintegración social. Y esta no es una visión apocalíptica; es la fatídica realidad que supimos construir. Aunque en honor a la verdad debería decir que ésta es la siniestra realidad que nos indujeron a construir.

Porque, en los hechos, toda esta procesión escatológica descendió desde cierta dirigencia inescrupulosa que dio prioridad a sus oscuros y mezquinos intereses antes que al digno ejercicio de su responsabilidad rectora y moralizante.

Una dirigencia que eligió la confrontación descarnada antes que el consenso conciliador; la descalificación y aniquilamiento del que piensa diferente antes que un acuerdo de coincidencias básicas que contribuya a la paz social y la calidad de vida de la ciudadanía.

Este es el dramático diagnóstico. Vayamos ahora a revertir este cuadro antes que sea demasiado tarde. Porque permanecer así es sucumbir en la complacencia, la resignación y más tarde en la indiferencia que es el peor virus que puede atacar a cualquier sociedad.

Pero hay algo que debemos asumir antes de comenzar la digna tarea de recuperar el protagonismo que jamás debimos haber perdido: tenemos que reconocer que hemos fracasado como comunidad gestora de cambios sociales.

“La situación es muy grave y nos afecta a todos”. Debemos comprenderlo, porque “de lo contrario volveremos a ser arrastrados por los profetas de la televisión; por los que buscan la salvación en la panacea del hiperdesarrollo” y del consumismo.

Hay algo más que tenemos que entender: en esta tarea de reparación no hay lugar para individualismos. Porque un cuerpo social crispado y enfermo nos afecta a todos. Así las cosas, es un deber moral que nos hagamos responsables del dolor del otro; que nos abracemos en un compromiso con el otro y juntos produzcamos una nueva ola de la historia que nos levante.

Asumir ese compromiso solidario nos dará un sentido que nos colocará por encima de la fatalidad. Recordemos que la nobleza de los hombres siempre ha redimido a la humanidad.

Tal vez desde esta sociedad aletargada e inerte este llamado pueda parecer un delirio inalcanzable o una quimera. Pero es precisamente en este estado de apatía y escepticismo que sería bueno llegar a la convicción de que solo quienes seamos capaces de encarnar una utopía seremos aptos para el combate decisivo: el de recuperar cuando de dignidad hayamos perdido.

*Locutor, periodista y creativo publicitario de Río Gallegos.

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